Escribir es como la vida. Y la vida como escribir. Cada día es como una página en blanco. A veces con borrones difíciles de obviar, pero ahí está retándote a seguir escribiendo, viviendo, sin mirar atrás.
Nunca mires atrás. Sobre todo no mires hacia un lado. De la experiencia ajena no se aprende, incluso me atrevería a decir que se desaprende. Hay gente, de esa plana y asquerosamente estable, que siempre mira hacia los lados. No sé si sabes a qué me refiero. Siempre intenta compararse con el resto, con la esperanza de que si a alguien le pasó, a ellos también les puede pasar. Y lo que es peor, que a ellos nunca les pasará lo que a alguien le pasó. Por eso creo, ahora sí, firmemente,y estoy en condiciones de repetirlo, que de la experiencia ajena se desaprende. Desaprender, ¿qué coño es eso?. Sí, existe, como también existe la involución, y nadie se atreve a plantearse que hay gilipollas que hacen del avance del tiempo un retroceso paralelo. Bueno, vale ya, me callo, estoy muy arriba y no me apetece bajarme, pero escribir es la peor droga que existe. Ahora mismo, mientras escribo esta absurda teoría sobre mirar hacia los lados pretendiendo que alguien entienda lo que quiero decir, la escritura me está atrapando y me tira muy fuerte hacia abajo y es lo último que me apetece.
Aquí arriba se vive muy bien ¿sabías?

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